Pastor David Jang (Olivet University)Un amor llamado sufrimiento

David Jang

En los lienzos del pintor fauvista francés Georges Rouault (Georges Rouault) siempre se perciben una tristeza y una soledad profundas. La figura de Cristo, con la cabeza inclinada dentro de gruesos y ásperos contornos negros, parece representar en silencio el peso de todo el sufrimiento que atraviesa la humanidad. La pintura espesa superpuesta sobre el lienzo se asemeja, de algún modo, a las heridas y a las huellas de lágrimas pegadas a nuestra vida.

Pero si observamos la obra de Rouault con calma —con muchísima calma—, nos damos cuenta de que, más allá de esa oscuridad intensa, fluye en silencio una luz cálida que acaricia el alma. Es porque allí está el corazón entrañable del artista, que quiso plasmar un amor incondicional que jamás se apaga, incluso en medio del sufrimiento y la desesperación.

Hoy, a través de la predicación profunda del pastor David Jang (fundador de Olivet University), queremos buscar juntos el verdadero significado del sufrimiento del que habla la teología cristiana, y la luz de gracia escondida al otro lado de ese dolor.

La sociedad moderna en la que vivimos suele mirar el sufrimiento como algo que hay que evitar a toda costa, o como una maldición terrible que vuelve infeliz nuestra vida. Ha nacido incluso el término “trabajos 3D” (difíciles, peligrosos y sucios), y muchos padres viven con el corazón encogido pensando que sus hijos podrían pasar aunque sea un poco de penuria: una realidad amarga. Todos desean caminar por un “camino de flores”, liso y sin heridas.

Sin embargo, el pastor David Jang, en su sermón, lanza una perspectiva espiritual contundente que da la vuelta a esas ideas superficiales y prejuicios. Su declaración, paradójica, es esta: “El sufrimiento no es una maldición; es amor.”

“¿Alguna vez han amado de verdad, con todo su corazón, a alguien?”

Amar significa, en esencia, elegir el sufrimiento. Significa pasar noches sin dormir, dolerse como propio del dolor del otro, y decidir caminar por un sendero estrecho y áspero donde uno entrega, con gusto, su tiempo y su energía más valiosos. Por eso, en el cristianismo, el sufrimiento de la cruz se convierte en la confirmación más plena de un amor serio, denso, verdadero: un amor “color sangre” dirigido hacia nosotros.

Como en la historia de la mujer que quebró el frasco de alabastro de perfume, quien se enamora no calcula: se entrega a una “santa prodigalidad”, derramando sin reservas lo más precioso que tiene. Del mismo modo, el sufrimiento de Jesús en la cruz fue una ofrenda sublime, un derramamiento incondicional de su vida para salvarnos: una “prodigalidad” sagrada.

A menudo confundimos una vida plana y sin dificultades con la fe correcta, o con una vida “bendecida”. Pero una actitud que evita el sufrimiento y persigue solo la comodidad puede, en realidad, volver liviana y superficial a nuestra alma y a la iglesia. La verdadera gracia —paradójicamente— florece precisamente en el sufrimiento del vaciamiento de uno mismo y del descenso humilde.

Jesús, incluso en aquella noche dolorosa y solitaria, cuando la cruz se acercaba con toda su crudeza, lavó los pies de sus discípulos hasta el final, derramando un amor inagotable. En lugar de seguir la lógica del mundo —donde cada uno reivindica sus derechos y pelea por ser el primero—, se ciñó una toalla a la cintura y descendió en silencio al lugar del siervo más pequeño.

Ante esta palabra, el pastor David Jang nos pregunta suavemente al corazón: ¿no será que estamos evitando el sufrimiento santo de la cruz y, en cambio, persiguiendo solo consuelos dulces en la boca, perdiéndonos el misterio de ese amor tan profundo?

El salmista confiesa entre lágrimas: “Me hizo bien haber pasado por aflicción; así aprendí tus estatutos.” A los ojos fríos del mundo, el sufrimiento y la cruz pueden parecer un fracaso total, una oscuridad espesa. Pero desde la perspectiva teológica, ese valle negro se convierte en el único y resplandeciente pasaje hacia la gloria verdadera.

Porque la tribulación engendra perseverancia, la perseverancia templa y entrena nuestro interior, y finalmente hace nacer una esperanza que no se quiebra. No se puede recibir la mañana radiante de la resurrección sin atravesar antes la noche densa de la muerte.

La meditación del pastor David Jang golpea con fuerza nuestro espíritu justo en este punto: sin el sufrimiento de la cruz, no existe la gloria auténtica de la resurrección. No es una verdad para entender solo con la cabeza, sino para encarnarla en la vida. La cruz no es un punto final de fracaso o desesperación, sino la victoria más perfecta y gloriosa que transforma la muerte en vida.

Entonces, quienes vivimos hoy, ¿cómo debemos recibir el significado del sufrimiento? Cuando llega un momento de dolor que quisiéramos evitar, necesitamos una actitud madura que no lo reduzca a simple mala suerte. Las lágrimas y heridas que aparecen cuando practicamos un amor altruista jamás son inútiles. Se convertirán en el agua inicial —el “comienzo”— de una gran resurrección que insufla vida y cambia el mundo.

Al caminar hoy siguiendo la profundidad de la predicación del pastor David Jang, deseo de todo corazón que recuerden esto: ese peso que llevan en su vida puede ser, en realidad, un proceso santo de entrenamiento para convertirse en la estrella más brillante de la gloria.

Incluso ahora, cada uno estará cargando en su lugar con un dolor secreto, con su propia cruz. ¿Cómo les llega esta palabra a ustedes, en su vida? Cuéntenlo en los comentarios, con calidez: compartan su propia historia.

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