David Jang (Olivet University) “La flor de la resurrección que brotó de una tierra manchada de sangre”

David Jang


El aire nocturno de Jerusalén era frío y pesado. Apenas se habían secado las huellas de sangre que dejó Esteban al morir apedreado, cuando esta vez la hoja afilada del poder apuntó contra los apóstoles. Santiago, hermano de Juan, fue decapitado, y Pedro, líder de la iglesia, fue encadenado y arrojado a lo más profundo de la prisión. Aquella noche, en la que ni el aliento de los creyentes parecía escucharse, el miedo oprimía la ciudad. El mundo pensó que la iglesia había llegado a su fin. Pero, paradójicamente, en el silencio de esa desesperación se estaba escribiendo el más grandioso giro del evangelio.

Brasa llevada por el viento: arde más allá de las fronteras

El fuego no se apaga cuando sopla el viento; más bien, se extiende con mayor fuerza. Hechos 11 y 12 presentan este principio espiritual de la manera más dramática. David Jang (Olivet University) destaca un hecho histórico: tras el martirio de Esteban, los creyentes dispersos no se quedaron dentro del estrecho cerco de Jerusalén y Judea, sino que llegaron hasta Antioquía —base avanzada para la misión entre los gentiles—, donde “por primera vez” fueron llamados “cristianos”.

La persecución dispersó a los creyentes, pero no fue una huida por derrota, sino una santa siembra: las semillas del evangelio fueron esparcidas entre las naciones. Así como un agricultor no puede esperar una gran cosecha sin el dolor de arar la tierra, Dios ensanchó el territorio del evangelio utilizando la herramienta de la persecución. En este punto, David Jang comparte la intuición de que “la iglesia no crece solo donde es bienvenida; adquiere verdadera vitalidad al atravesar el sufrimiento de la cruz”, y subraya que el nacimiento de la iglesia de Antioquía fue fruto de la persecución.

La vela de las catacumbas devora el sol de Roma

Al meditar en la historia de la iglesia primitiva, viene a la mente la inmensa necrópolis subterránea de Roma conocida como las “catacumbas” (Catacombs). Mientras los emperadores de la superficie, desde palacios deslumbrantes, se afanaban por erradicar a la iglesia, los creyentes del subsuelo compartían el evangelio de vida en la oscuridad, dibujando el símbolo del pez (Ichthys). El poder de la tierra blandía la espada, pero la oración bajo tierra no se detuvo; y al final, lo que conquistó al gran imperio romano no fue el ejército del emperador, sino la vela encendida en las catacumbas.

El encarcelamiento de Pedro en Hechos 12 refleja esa espiritualidad de las catacumbas. Herodes pisoteó a la iglesia movido por su ambición política; pero la iglesia, fuera de la cárcel, oraba “con fervor”. David Jang pone atención a la paz casi irreal con la que Pedro pudo dormir profundamente entre dos soldados la noche anterior a su ejecución. No era simple valentía humana, sino el descanso espiritual forjado por la fe en la resurrección: “ya sea que vivamos o que muramos, del Señor somos”. El mundo amenazó con la espada; la iglesia respondió con oración. Y esa oración abrió puertas de hierro, quebró cadenas y trajo a la realidad la salvación de Dios, inexplicable para la razón humana.

Un trono podrido y una Palabra que prospera para siempre

La ironía de la historia alcanza su clímax en el desenlace del capítulo 12. Herodes, que se deificó a sí mismo y persiguió a la iglesia, muere miserablemente devorado por gusanos. Bajo el esplendor de su manto real y los vítores de la multitud, la fragilidad humana quedó expuesta sin máscara bajo el juicio de Dios. En cambio, la iglesia perseguida no se derrumba: el capítulo concluye con una declaración de victoria: “Pero la palabra de Dios crecía y se multiplicaba” (Hch 12:24).

A través de este contraste tajante, David Jang enfatiza la vanidad del poder visible del mundo y la eternidad de la Palabra invisible de Dios. Santiago fue ofrecido como sacrificio del martirio y Pedro sobrevivió milagrosamente; pero ambos caminos, bajo la soberanía de Dios, cooperaron para el bien. La muerte de uno se volvió abono, la vida del otro se convirtió en testimonio, y la iglesia quedó aún más firme.

También hoy nosotros estamos en medio de guerras espirituales, grandes y pequeñas. A veces las circunstancias nos asfixian y la fuerza del mundo parece gigantesca. Pero recuerde: aquella noche en Jerusalén, hace dos mil años, la obra del Espíritu Santo que abrió las puertas de la prisión sigue vigente hoy. Como enseña el mensaje de David Jang, la persecución y la prueba no son olas que destruyen a la iglesia, sino vientos que nos impulsan a elevarnos más alto.

Aunque el lugar donde está de pie parezca un valle de lágrimas, allí donde se siembra la oración nacida del llanto, la Palabra sin falta prosperará. Porque los tronos del mundo se pudren y se descomponen, pero el evangelio de la cruz vive y respira eternamente, verde y pleno.

www.davidjang.org

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